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martes, abril 15, 2014

La inutilidad de lo útil



«La Medi» y yo nos miramos a los ojos sin mediar palabra, pero diciéndonoslo todo. Era octubre. Tuvimos que esperar hasta abril porque, egoístas y extranjeras estudiantes en Madrid, nuestra casa nos llamaba el primer fin de semana de cada mes. En abril no fue así.

«Pato» y otra compañera ya lo habían probado. Como en todas partes, había de todo. De vez en cuando, podías llevarte un impacto, o un susto, o vete tú a saber qué. Yo estaba –y perdonad la expresión- acojonada: no sabía si me iba a poner a llorar o me iban a dar ganas de salir corriendo de repente. Era viernes.

Y como era viernes, «La Medi», «Pato», otra amiga y yo decidimos salir a los Bajos de Argüelles (sorprendentemente, porque a ninguna de ellas les agrada demasiado el ambiente). La cosa es que terminamos por dividirnos, acabamos no muy sobrias y las ocho y cuarto de la mañana se nos pasaron. ¡Se nos pasaron! Y nos dormimos. No sé cómo, pero al final acabamos en el comedor social, con la boca empastada por el vino y los ojos pegados por el rímel. Creo que me vino incluso bien para poder afrontar mejor lo que se me venía encima.

«Pato» y yo nos encargábamos del azúcar. Eran cinco turnos. El primero de ellos empezó a entrar. En su mayoría, todos eran hombres. Su mirada lasciva no se dirigía a nosotras, si no a la comida, al desayuno: pan, mermelada, café, cola cao, cruasanes, bocadillos, yogures, fruta, bollería… La verdad, otra cosa no, pero ese día desayunaron mejor que yo. Y lo cierto es que no me importaría que fuera así todos los días.

Ninguno bajaba de los treinta, eso sí. Algunos eran inmigrantes, pero no todos. Las mujeres escaseaban. Pero una me llamó la atención. Era rubia, con el pelo y la ropa bien cuidados y la mirada cabizbaja escondiendo su cara. No sé si pretendía esconder algo más. Yo, con la mano tonta de sujetar el perol del azúcar, al principio medio muda y al final con mi mejor sonrisa, intentaba enfrentarme a los desconocidos que te perseguían con la mirada en busca de más comida. Para algunos, probablemente fuera la única del día. Me sentí como si estuviera haciendo la labor más maravillosa de mi vida, aunque no llego a alcanzar por qué algunos se encaraban y lanzaban puñales verbales que me cortaban las cuerdas vocales. Supongo que la calle, otra cosa no, pero enrudece el carácter de muchos.

Una mujercilla, no más alta que una mesa camilla, me miró furiosa mientras le echaba el azúcar en una servilleta que posteriormente echaría en una bolsita de plástico. Farfullaba y yo me sentí maldecida. Su mirada también daba miedo. El de enfrente, hablaba efusivamente de política con el desconocido de al lado. Dos marroquíes nos perseguían con la mirada y la sonrisa. Y un hombrecillo, me dijo que no necesitaba azúcar porque la vida ya era demasiado dulce. Una portentosa cita pronunciada en los labios de alguien como él. Al final se arrepintió y acabó llamándome para que le endulzara el café.

Y allí, con la resaca, el brazo atontado y la sonrisilla me debatía yo entre un duelo que va desde la compasión al yo no sé cómo explicar porque me sentía útil e inútil a la vez. En frente de una conocida discoteca madrileña, una cola de gente que vive a ras del suelo, formaba una heterogénea oruga mañanera con ganas de desayunar.

Me sentí completamente inútil.

martes, diciembre 17, 2013

Una mañana más desde el suelo

Desde Princesa, con necesidad. Un día más.

«Once de diciembre de 2013. Tres en punto post merídiem. Podrían ser las diez de la mañana o las ocho de la tarde. Podría ser hoy o cualquier otro día de estos dos últimos años. Jornada laboral completa. Demasiado, quizá. Fines de semana incluidos. Un gorro escondiéndole el pelo y las orejas. Un guante refugiando su mano izquierda, la misma que sostiene un vaso de cartón erosionado por la calle. Su mano derecha, gesticula pidiendo ayuda a la par que marca el límite de la indiferencia. Sus piernas, recogidas y refugiadas bajo una oscura, raída y pequeña manta de las que te encuentras tirada en cualquier contenedor. El torso resguardado bajo un abrigo de los que se vendían en las tiendas allá por los años ochenta, hace ya tres décadas. Él, sentado sobre una caja de cartón lo suficientemente grande para ocuparla entera, ignora la publicidad que hace a la marca de tabaco a la que ésta pertenece. Su casa: el suelo de la calle Princesa. Su sueldo: menos de una decena de euros al día. O, al menos, eso grita a voces el vasito que le acompaña hasta más allá del crepúsculo. Los coches se escapan de su vista, pero los viandantes no. Para ellos, quien escapa a sus ojos, es Él, como si una capa de invisibilidad cubriera su figura, su necesidad, sus gestos y sus palabras entre una voz ahogada por el ruido de una de las calles más transitadas de Madrid. Unas baldosas antes, un quiosco le acompaña. La prensa le mira indiferente, paradójicamente, mostrando una realidad en la que Él no aparece. Quizá sea por eso que sólo algunos ojos parecen verle, escucharle, sentirle o empatizar con Él. Quizá sea por eso por lo que decide sentarse ahí, desafiando la realidad que la prensa escrita se empeña en hacernos llegar. Quizá sea por eso por lo que decida sentarse en una calle como ésta, rodeada de tiendas de las grandes multinacionales en las que no puede entrar. Rodeado de cadenas de ropa y comida que no se puede permitir. Enseñándole al mundo que, la calle Princesa, la realidad, no es como los quioscos, las tiendas, las luces de navidad o el centro comercial de calles más abajo muestran. Ahí, sentado, ve minuciosamente como el resto de personas pasan. Con la mirada esperanzada de quien no ha llegado aún a la mitad de su vida, con algún bocadillo, si hay suerte, en la mano izquierda, con el cuerpo entumecido por el gris y frío suelo y con un «gracias» preparado en los labios para todo aquel humano dispuesto a tenderle la mano».

Tanto la imagen como la descripción (omnisciente) son autoría propia, parte de un trabajo académico que quería compartir con todxs vosotrxs.