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miércoles, abril 23, 2014

A mí rosas, no libros



Cervantes, Shakespeare y Garcilaso de la Vega, entre tantxs otrxs, decidían enamorarse de la muerte en torno a la misma fecha. Puede que García Márquez también lo hiciera para encuadrar el marco literario perfecto en el triste mes de abril. Eugenio Noel, Teresa de la Parra, Edgar Neville o Josep Pla también decidieron desaparecer el mismo día. 

El mismo día en que se celebra San Jorge (San Jordi en Cataluña), donde –y como me recordaba mi amigo Julio- los hombres regalan una rosa a la mujer y un libro en el sentido inverso. ¿Será que a nosotras no nos gustan los libros? ¿O es que no tenemos derecho a que nos gusten? 

Lejos de las tradiciones que marcan la historia, no fue el 23 de abril cuando Liesel Meminger vió a Max por primera vez después de que desapareciera; fue también la primera vez que lloré entre las páginas de un libro. Cuando Verónika decidió masturbarse delante de Edward fue, también, la primera vez que me excité con palabras. Y cuando conocí a mi compañero, deseé que me viera como Kvothe veía a Donna, Auri y Felurian juntas en una sola mujer. 



Y como mujer que me gusta escribir y leer, hoy –23 de abril, día del libro, reconocimiento a dos grandes de la literatura- lanzo mi pequeño, pero particular, homenaje a todas las mujeres a las que nos gusta escribir y leer; y, en especial, a todas las que tuvieron que escudarse en un seudónimo masculino para poder «estar a la altura» en tan viril mundo. George Eliot se llamaba en verdad Mary Ann Evans; George Sand (recordemos el día de San Jorge) escondía a Aurore Lucile Dupin y Fernán Caballero era Cecilia Böhl de Faber. Rosalía de Castro, Virginia Woolf, Jane Austen, Sidonie Gabrielle Colette, Charlotte Brönte también tuvieron que buscárselas. En la actualidad, no hay que irse muy lejos. Desde 1901 hasta nuestros días –y teniendo en cuenta que ha pasado más de un siglo- poco más de una docena de mujeres han conseguido el Premio Nobel de Literatura. 

 Debe ser que ni nos gusta la literatura ni crearla; preferimos las rosas. 
(Nótese la ironía).

viernes, abril 18, 2014

Cien años de gratitud

INDIRA RESTREPO (en cultura.elpais.com)
Tendría unos 11 años. Sobre la mesita del salón, mi madre tenía un libro que se llamaba «Memoria de mis putas tristes». Para mí, aquella novela debía ser lo peor. Y su autor también. ¿A quién se le ocurriría utilizar el peor insulto que se le puede decir a una mujer en una historia de reconocimiento internacional? Y encima, ¡unas putas tristes! ¡Pues claro que están tristes, no te jode! Reconozco que, aún a día de hoy, no me he atrevido con tal novela (y creo que tiene que ver algo con mi primer encuentro con García Márquez y con mi negativa a tal concepto). 


Ha pasado otra década desde entonces. A día de hoy, puedo decir que el gran Gabriel García Márquez se ha convertido, en mis días, en el referente de un futuro que no me pilla demasiado lejos. Escritor, periodista, cronista. Literatura a ras del suelo, en palabras de Antonio Cándido. Ayer se fue una de las mejores mentes del panorama intelectual. Y no son las palabras ajenas las que le hacen homenaje y grande hoy; sino las suyas propias. Por eso García Márquez sigue vivo; por eso sus putas tristes, sus crónicas y una decena de años solitarios, entre muchas otras palabras, se han vuelto inmortales. 

 Por mi parte, cien años de gratitud.