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miércoles, noviembre 12, 2014

Crónica de un viaje al pasado

MetroMadrid
No era la primera vez que utilizaba la línea uno, pero, de forma incipiente, pasaba entre las estaciones de Bilbao e Iglesia un día cuando mis ojos, atónitos, se percataron de que el tren había pasado por alto una parada. Me dio por mirar al resto de pasajeros, intentando ver si alguien más se había dado cuenta o sólo eran cosas mías. Parecía ser que era más lo segundo que lo primero.

Horas después, cuando llegué a casa, indagué por internet. Para mi sorpresa, resultó ser que, afortunadamente, mi cabeza no se lo había inventado: se trataba de una parte del Andén 0 del Metro de Madrid, la maravillosa estación fantasma de Chamberí.

Tiempo después, con la necesidad de visitar lo que hoy se ha convertido en museo y gracias a la XIV Semana de la Ciencia madrileña, he tenido la oportunidad de infiltrarme en el Madrid de los años veinte, época en la que se fundó la estación (que, por cierto, no fui la única, ya que el evento y la adaptación de los horarios provocaron unas colas, como poco, interesantes).

Por mi parte, he de decir que escogí esta actividad dentro de toda la programación por la atracción que me suponía en primer lugar y por la consecuente experiencia que viví (y creo que cualquiera compartiría conmigo). Bajar hasta la estación de Chamberí, centro neurálgico de mitos e historias varias de la capital, fue como un viaje al pasado, ¿acaso puede haber una experiencia mejor en unas jornadas científicas?


Sin duda alguna, y sin necesidad de una Semana de la Ciencia (lo que no la desprestigia en absoluto, más bien al contrario), este tipo de experiencias ayudan a darnos cuenta de que, a diario, la ciencia nos abre caminos insólitos, que nunca pensaríamos. Particularmente, considero que es una forma espléndida de divulgar la ciencia que consumimos y tratamos a diario. Gracias a estas jornadas, uno se da cuenta de todo lo que hemos evolucionado científicamente, de forma sutil y atractiva.

lunes, noviembre 10, 2014

Crónica de una entrevista y una crítica


La semana pasada tuve el placer de charlar con Nacho Ruipérez y Antonello Novellino sobre Blue Lips, la película que, junto con otros cuatro directores, estrenaban el pasado viernes. Llevaba tanto tiempo sin hacer una entrevista que me sentía tan nerviosa como el primer día. Así que, como suelo hacer en estos casos, me desperté pronto, me puse decente –no como suelo acostumbrar- y partí hacia Cines Golem, que, afortunadamente, me pillan a un paseíllo de casa. En principio, la cita era sólo con Nacho Ruipérez, así que, me preparé la entrevista para él. Pero… ¡sorpresa! Allí también estaba Antonello Novellino, la dirección italiana de la película. Bueno, no pasa nada. Intentaremos solventarlo con éxito. Me preguntaron que si suponía mucho problema. Dije que no. Lo cierto es que no mucho, hasta que intenté abrir una pregunta demasiado a los dos y quedé bastante mal. No pasa nada. Novellino se rió. No sé si de mí o de la situación. Sin embargo, lo cierto es que desde el principio me sentí bastante cómoda. Supongo que gran parte se debía al estupendo trato con el que me recibieron. Tenía media hora. Al final, fueron cuarenta minutos. La entrevista quedó bastante chula. Y bastante larga. Aquí podéis leerla entera.

Respecto a la película, lo que más me ha gustado es que es puramente honesta: nada de adornos, nada de florituras. De hecho, Blue Lips es tan poco convencional que, cuando al final esperas ese cambio de sabor, jamás llega, porque, como me reconocía Nacho Ruipérez, en la vida real no tenemos happy ends. Y qué cierto.

Como consecuencia a este realismo, la película consigue que cualquiera se identifique con cualquiera de las seis historias que se representan, porque es una película que puede ver tu madre, tu hermano o uno que pase por ahí. Además, Ruipérez y Novellino reconocían haber vivido su propio Blue Lips durante el rodaje. Seis vidas y seis directores.

Entonces, una vez te has metido en ella, has vivido el chupinazo con Malena, has sufrido con Vitorio, te has crecido con Guido, has sentido con Sagrario, te has divertido con Kalani o has compartido con Oliver… ¿por qué no vivir tu propio Blue Lips? Puede que no sea una gran producción, pero la recomiendo encarecidamente por la capacidad emocional que consigue transmitir y las ganas de vivir tu propia historia que sientes al terminar de verla.

Yo viví un poquito más ese miércoles. El periodismo está en la calle. Esta vez, en Cines Golem.

viernes, abril 18, 2014

Cien años de gratitud

INDIRA RESTREPO (en cultura.elpais.com)
Tendría unos 11 años. Sobre la mesita del salón, mi madre tenía un libro que se llamaba «Memoria de mis putas tristes». Para mí, aquella novela debía ser lo peor. Y su autor también. ¿A quién se le ocurriría utilizar el peor insulto que se le puede decir a una mujer en una historia de reconocimiento internacional? Y encima, ¡unas putas tristes! ¡Pues claro que están tristes, no te jode! Reconozco que, aún a día de hoy, no me he atrevido con tal novela (y creo que tiene que ver algo con mi primer encuentro con García Márquez y con mi negativa a tal concepto). 


Ha pasado otra década desde entonces. A día de hoy, puedo decir que el gran Gabriel García Márquez se ha convertido, en mis días, en el referente de un futuro que no me pilla demasiado lejos. Escritor, periodista, cronista. Literatura a ras del suelo, en palabras de Antonio Cándido. Ayer se fue una de las mejores mentes del panorama intelectual. Y no son las palabras ajenas las que le hacen homenaje y grande hoy; sino las suyas propias. Por eso García Márquez sigue vivo; por eso sus putas tristes, sus crónicas y una decena de años solitarios, entre muchas otras palabras, se han vuelto inmortales. 

 Por mi parte, cien años de gratitud.

martes, abril 15, 2014

La inutilidad de lo útil



«La Medi» y yo nos miramos a los ojos sin mediar palabra, pero diciéndonoslo todo. Era octubre. Tuvimos que esperar hasta abril porque, egoístas y extranjeras estudiantes en Madrid, nuestra casa nos llamaba el primer fin de semana de cada mes. En abril no fue así.

«Pato» y otra compañera ya lo habían probado. Como en todas partes, había de todo. De vez en cuando, podías llevarte un impacto, o un susto, o vete tú a saber qué. Yo estaba –y perdonad la expresión- acojonada: no sabía si me iba a poner a llorar o me iban a dar ganas de salir corriendo de repente. Era viernes.

Y como era viernes, «La Medi», «Pato», otra amiga y yo decidimos salir a los Bajos de Argüelles (sorprendentemente, porque a ninguna de ellas les agrada demasiado el ambiente). La cosa es que terminamos por dividirnos, acabamos no muy sobrias y las ocho y cuarto de la mañana se nos pasaron. ¡Se nos pasaron! Y nos dormimos. No sé cómo, pero al final acabamos en el comedor social, con la boca empastada por el vino y los ojos pegados por el rímel. Creo que me vino incluso bien para poder afrontar mejor lo que se me venía encima.

«Pato» y yo nos encargábamos del azúcar. Eran cinco turnos. El primero de ellos empezó a entrar. En su mayoría, todos eran hombres. Su mirada lasciva no se dirigía a nosotras, si no a la comida, al desayuno: pan, mermelada, café, cola cao, cruasanes, bocadillos, yogures, fruta, bollería… La verdad, otra cosa no, pero ese día desayunaron mejor que yo. Y lo cierto es que no me importaría que fuera así todos los días.

Ninguno bajaba de los treinta, eso sí. Algunos eran inmigrantes, pero no todos. Las mujeres escaseaban. Pero una me llamó la atención. Era rubia, con el pelo y la ropa bien cuidados y la mirada cabizbaja escondiendo su cara. No sé si pretendía esconder algo más. Yo, con la mano tonta de sujetar el perol del azúcar, al principio medio muda y al final con mi mejor sonrisa, intentaba enfrentarme a los desconocidos que te perseguían con la mirada en busca de más comida. Para algunos, probablemente fuera la única del día. Me sentí como si estuviera haciendo la labor más maravillosa de mi vida, aunque no llego a alcanzar por qué algunos se encaraban y lanzaban puñales verbales que me cortaban las cuerdas vocales. Supongo que la calle, otra cosa no, pero enrudece el carácter de muchos.

Una mujercilla, no más alta que una mesa camilla, me miró furiosa mientras le echaba el azúcar en una servilleta que posteriormente echaría en una bolsita de plástico. Farfullaba y yo me sentí maldecida. Su mirada también daba miedo. El de enfrente, hablaba efusivamente de política con el desconocido de al lado. Dos marroquíes nos perseguían con la mirada y la sonrisa. Y un hombrecillo, me dijo que no necesitaba azúcar porque la vida ya era demasiado dulce. Una portentosa cita pronunciada en los labios de alguien como él. Al final se arrepintió y acabó llamándome para que le endulzara el café.

Y allí, con la resaca, el brazo atontado y la sonrisilla me debatía yo entre un duelo que va desde la compasión al yo no sé cómo explicar porque me sentía útil e inútil a la vez. En frente de una conocida discoteca madrileña, una cola de gente que vive a ras del suelo, formaba una heterogénea oruga mañanera con ganas de desayunar.

Me sentí completamente inútil.

lunes, febrero 17, 2014

Una guitarra femínea

Rock con olor a chica.

Los Beatles, Guns N’ Roses, Queen, AC/DC, Led Zeppelin, Rolling Stones, The Who, The Doors, Metallica, Nirvana… Ancestrales, clásicos, míticos, rockeros, guapos – o no tanto -, viriles, históricos, grandes, genios, increíbles, idiosincráticos, faustos, románticos, únicos, hombres. 

Nacieron, crecieron, empezaron a tocar y se subieron a los escenarios (¡algunas hasta con tacones!). Rockeras, clásicas, guapas – o no tanto -, increíbles, rebeldes, únicas, mujeres. Algunas murieron. Violadas y maltratadas. De la misma forma que relataban las canciones que, en muchas ocasiones, ellas mismas habían compuesto. 

Era 1 de abril. El crepúsculo vespertino anunciaba una cita impar. La Sala Samoa, cromáticamente fría, empezaba a entrar en calor. Sobre el escenario, recogido y bastante alto, tenía colgada una Fender Stratocaster con un acabado Brown Sunburst y el golpeador blanco. El instrumento, al final de su cuerpo, parecía tener una especie de lunar que lo hacía único y característico estéticamente. Había empezado a trastear entre sus cuerdas hacía ya dos años, pero, en el fondo, no sabía mucho más de ella. En ese momento, llegó el vasco. Era uno de los chicos que tocaba en otro grupo esa misma noche. Tenía el pelo largo y sus ojos habían vivido varias décadas, probablemente alguna de ellas la había pasado mirando los trastes de su vihuela. Uno de los amplificadores era suyo. Un armatoste precioso y con tintes clásicos. Él, tristemente en vano, intentó explicar amablemente su funcionamiento. Pero nadie lo escuchaba. Estaba nerviosa. Tocaban otras dos bandas más. Virilmente conformadas, por supuesto. Sin embargo, esa noche, el escenario olía diferente. Quizá a perfume femenino. Cristina a la batería. Laura manejando la guitarra de forma espectacular. Noemí, combinando bajo y coros. Ester, cantando y saltando. Ellas ya no eran neófitas.

La historia como ejemplo 

Tampoco eran novatas Janis Joplin, Patty Smith, las hermanas Wilson (Heart) o Chrissie Hynde (The Pretenders); los más conocidos ejemplos vocales femeninos del rock. The Runaways, a mediados de los setenta, daban una lección al género con una formación completamente femenina. Joan Jett o Lita Ford, su guitarra consorte, serían reconocidas dentro del rock a la misma altura de muchos hombres compañeros de estilo. Las Vixen, en los ochenta, ya sorprendían dentro del hard rock y los noventa nos regalaron bandas como L7, Bikini Kill (con la famosa Kathleen Hanna) o 7 Year Bitch, compuestas en su totalidad por mujeres capaces de romper con el esquema de la escena rockera, del punk y del grunge. En España Las Vulpes, Chute de esperma o Humpty Dumpty tomaban ejemplo. Todas ellas harían mella en la historia de la música y la mujer. Algunas, como es triste y habitual, lo harían tras su muerte. Un arquetipo: Mia Zapata, vocal de The Gits, violada y brutalmente asesinada a finales del siglo pasado, a la misma edad a la que se despiden todos los grandes: los 27. 

Fotomontaje propio

Sin embargo, las chicas reconocidas del rock se quedan a la sombra ante viril estilo, para convertirse, más bien, en las desconocidas del género. Preguntar por la banda mejor valorada de este ámbito, encontrará su respuesta con The Beatles o Rolling Stones; dentro del hard rock, AC/DC o Guns N’ Roses; del punk Ramones o del grunge Nirvana. ¿Y las mujeres? ¿Dónde están? 

Quizá las afamadas Spice Girls, bienquistas mundialmente, ayudan a encontrar una pista. Lo cual lleva a analizar también en qué tipo de escenario se mueven las féminas. Una de las razones, puede ser el atractivo físico, en muchas ocasiones, amparado por una instrumentación masculina. Quizá por eso la voz de Mia Zapata no consiguió llamar tanto la atención. Tampoco lo consiguieron Suzi Gardner, Roxy Petrucci o Tobi Vail (quien además fue la compañera de Kurt Cobain antes de conocer a Courtney Love). Guitarristas, baterías y bajistas tampoco se ven reconocidas. 

Quizá el panorama musical esté vetado a las mujeres porque rompen con su feminidad, porque a una chica no le queda bien gritar ante un micrófono, porque tocar la batería es demasiado masculino o porque el rol de los hombres es hacer música y el de ellas, al que están acostumbradas, es a idolatrarles. 

Las hijas de Jett 

Si bien es cierto, «las mujeres siempre han hecho pop o soul… El heavy metal empezó hace mucho y aunque una mujer quisiera empezar en una banda, con la sociedad del momento, no era normal ver a una chica tocando la guitarra, por ejemplo, tenían que quedarse de groupies». Las Lizzies no se conformaban con mezclarse entre el público. Querían subirse a un escenario, querían ser chicas como The Runaways y querían tener la actitud de Motörhead. Marina y Patricia, al bajo y la guitarra respectivamente, habían saboreado lo que era estar en escena, Por aquel entonces, allá por 2010, ninguna de las cuatro era consciente de nada. Y el público, a día de hoy, parece que tampoco. ¿Por qué? Porque «se suelen sorprender bastante al ver a cuatro niñatas ahí y dicen éstas qué van a tocar». Años después, conseguirían encontrar una voz y una chica capaz de tocar la batería. Por fin estaban completas. Las cuatro. 

Sin embargo, sespués de publicar su primer EP y con más planes en el extranjero que en el panorama nacional, Patricia aún tenía que soportar expresiones del estilo: «todo lo que has conseguido, a saber cómo lo has conseguido» o «eres una chica y tienes una guitarra colgada, ahora tienes que demostrarme que sabes tocarla». Ella, tampoco había sido la única que había recibido comentarios del estilo, pero, si bien es cierto, «en el fondo, todo esto también va dentro de cada uno, de que te atrevas o no a hacer lo que quieres». 

No obstante, estas cuatro madrileñas no eran las únicas que habían tomado herencia de Joan Jett, ni eran una excepción a la hora de decidir respecto a tocar o no con sus compañeras. Los grupos íntegramente femeninos empezaban a tomar el ambiente musical con nombres como Civet, Devotchkas o The Donnas en el panorama internacional y Las Furias o Las Sexpeares en nuestro país. 

Puede que entonces la respuesta sea sí, a las chicas les gusta la música. Les gusta el rock. Les encanta tocar y hacer ruido. Ellas mismas. La historia lo ha demostrado. En la actualidad, muchas mujeres, dueñas de sí mismas, toman la decisión de organizarse y subirse a las tablas, porque no existe condición alguna para negárselo. Y tampoco existe ningún requisito que impida su reconocimiento por ser femeninas sus componentes. Ellas pueden ser protagonistas de un escenario invadido por hombres, y pueden utilizarlo como herramienta para reivindicarse, aunque eso les lleve a una paradójica muerte. Pueden tocar por y para ellas mismas, sin necesidad de que ellos les dediquen sus canciones de amor o no. Pueden, por qué no, mezclarse y fusionarse en un variopinto grupo donde ellas toquen la batería y ellos canten. 

Perder la vergüenza 

Ni Laura, ni Cristina, ni Noemí, ni Ester pisaban por primera vez un escenario. Llevaban ya un año dando conciertos por La Mancha. Tiempo después, se moverían por Andalucía y Extremadura. Y juntas, suponían uno de los pocos grupos alternativos y exclusivamente femíneos de la península ibérica. Después, Noemí dejaría el conjunto. Llegaría, meses después, otra Laura. Seguían siendo chicas. Y seguían persiguiendo la quimérica idea que, paradójicamente, se materializaba en una realidad. Pero todo esto, en ese momento, ellas aún no lo sabían. Por su parte, el vasco seguía hablándome. Enchufando cables, toqueteando los botones de su equipo y estudiando el sonido de mi guitarra, una Fender Stratocaster con un acabado Brown Sunburst y el golpeador blanco. Estaba muerta de vergüenza. Mi cabeza no paraba de pensar en todas aquellas mujeres que nos habían abierto la veda. Después de un par de minutos, me convertiría en una Suzi Gardner, la guitarrista de las L7. Con mis compañeras, mutaríamos a una versión castellanizada de Bikini Kill o seriamos cinco nuevas hijas de The Runaways. Estábamos haciendo algo grande. 

Era 1 de abril. Y era, también, mi primer concierto.


martes, diciembre 17, 2013

Una mañana más desde el suelo

Desde Princesa, con necesidad. Un día más.

«Once de diciembre de 2013. Tres en punto post merídiem. Podrían ser las diez de la mañana o las ocho de la tarde. Podría ser hoy o cualquier otro día de estos dos últimos años. Jornada laboral completa. Demasiado, quizá. Fines de semana incluidos. Un gorro escondiéndole el pelo y las orejas. Un guante refugiando su mano izquierda, la misma que sostiene un vaso de cartón erosionado por la calle. Su mano derecha, gesticula pidiendo ayuda a la par que marca el límite de la indiferencia. Sus piernas, recogidas y refugiadas bajo una oscura, raída y pequeña manta de las que te encuentras tirada en cualquier contenedor. El torso resguardado bajo un abrigo de los que se vendían en las tiendas allá por los años ochenta, hace ya tres décadas. Él, sentado sobre una caja de cartón lo suficientemente grande para ocuparla entera, ignora la publicidad que hace a la marca de tabaco a la que ésta pertenece. Su casa: el suelo de la calle Princesa. Su sueldo: menos de una decena de euros al día. O, al menos, eso grita a voces el vasito que le acompaña hasta más allá del crepúsculo. Los coches se escapan de su vista, pero los viandantes no. Para ellos, quien escapa a sus ojos, es Él, como si una capa de invisibilidad cubriera su figura, su necesidad, sus gestos y sus palabras entre una voz ahogada por el ruido de una de las calles más transitadas de Madrid. Unas baldosas antes, un quiosco le acompaña. La prensa le mira indiferente, paradójicamente, mostrando una realidad en la que Él no aparece. Quizá sea por eso que sólo algunos ojos parecen verle, escucharle, sentirle o empatizar con Él. Quizá sea por eso por lo que decide sentarse ahí, desafiando la realidad que la prensa escrita se empeña en hacernos llegar. Quizá sea por eso por lo que decida sentarse en una calle como ésta, rodeada de tiendas de las grandes multinacionales en las que no puede entrar. Rodeado de cadenas de ropa y comida que no se puede permitir. Enseñándole al mundo que, la calle Princesa, la realidad, no es como los quioscos, las tiendas, las luces de navidad o el centro comercial de calles más abajo muestran. Ahí, sentado, ve minuciosamente como el resto de personas pasan. Con la mirada esperanzada de quien no ha llegado aún a la mitad de su vida, con algún bocadillo, si hay suerte, en la mano izquierda, con el cuerpo entumecido por el gris y frío suelo y con un «gracias» preparado en los labios para todo aquel humano dispuesto a tenderle la mano».

Tanto la imagen como la descripción (omnisciente) son autoría propia, parte de un trabajo académico que quería compartir con todxs vosotrxs.