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miércoles, diciembre 03, 2014

Nuevas claves de comunicación con la prensa: la sala virtual

En un mundo donde las relaciones sociales son digitales, donde los periódicos son online y las redacciones son, literalmente, los hogares particulares de cada redactor, no podía ser menos con las salas de prensa.

Son muchas las corporaciones que se han subido al carro de la sala virtual: una herramienta que promueven empresas, instituciones o quien quiera, para dar a conocer su trabajo a la prensa de tal forma que parece casi innecesaria cualquier investigación adicional. Es el caso de Madrid en Danza, un festival internacional que proporciona en su página web un dossier toda la información necesaria para cualquier tipo de prensa desconocedora de su labor y eventos. De hecho, puede que tras leerlo completamente, no haga falta ni acudir al evento en sí. De igual forma, además de argumento, se facilitan las fichas técnicas completas, imágenes y una gran cantidad de datos por obra.

Este trabajo realizado por, en este caso, el festival supone un gran alivio para la ajetreada vida de un periodista que, lejos de poder acudir a ver una de las obras, siempre puede copiar y pegar el argumento y salir del paso.

No hay que obviar que este tipo de herramientas son sólo una fuente informativa como cualquier otra, y no es absoluta. Sin embargo, la quimérica idea del contrastar las fuentes se ve absorbida por un tiempo que corre a contrarreloj absorbido, a su vez, por las ganas de captar a la audiencia o los lectores.


Y eso, cuando nos da por hablar de cultura –y mucho más de Danza- en los medios.

martes, diciembre 17, 2013

Una mañana más desde el suelo

Desde Princesa, con necesidad. Un día más.

«Once de diciembre de 2013. Tres en punto post merídiem. Podrían ser las diez de la mañana o las ocho de la tarde. Podría ser hoy o cualquier otro día de estos dos últimos años. Jornada laboral completa. Demasiado, quizá. Fines de semana incluidos. Un gorro escondiéndole el pelo y las orejas. Un guante refugiando su mano izquierda, la misma que sostiene un vaso de cartón erosionado por la calle. Su mano derecha, gesticula pidiendo ayuda a la par que marca el límite de la indiferencia. Sus piernas, recogidas y refugiadas bajo una oscura, raída y pequeña manta de las que te encuentras tirada en cualquier contenedor. El torso resguardado bajo un abrigo de los que se vendían en las tiendas allá por los años ochenta, hace ya tres décadas. Él, sentado sobre una caja de cartón lo suficientemente grande para ocuparla entera, ignora la publicidad que hace a la marca de tabaco a la que ésta pertenece. Su casa: el suelo de la calle Princesa. Su sueldo: menos de una decena de euros al día. O, al menos, eso grita a voces el vasito que le acompaña hasta más allá del crepúsculo. Los coches se escapan de su vista, pero los viandantes no. Para ellos, quien escapa a sus ojos, es Él, como si una capa de invisibilidad cubriera su figura, su necesidad, sus gestos y sus palabras entre una voz ahogada por el ruido de una de las calles más transitadas de Madrid. Unas baldosas antes, un quiosco le acompaña. La prensa le mira indiferente, paradójicamente, mostrando una realidad en la que Él no aparece. Quizá sea por eso que sólo algunos ojos parecen verle, escucharle, sentirle o empatizar con Él. Quizá sea por eso por lo que decide sentarse ahí, desafiando la realidad que la prensa escrita se empeña en hacernos llegar. Quizá sea por eso por lo que decida sentarse en una calle como ésta, rodeada de tiendas de las grandes multinacionales en las que no puede entrar. Rodeado de cadenas de ropa y comida que no se puede permitir. Enseñándole al mundo que, la calle Princesa, la realidad, no es como los quioscos, las tiendas, las luces de navidad o el centro comercial de calles más abajo muestran. Ahí, sentado, ve minuciosamente como el resto de personas pasan. Con la mirada esperanzada de quien no ha llegado aún a la mitad de su vida, con algún bocadillo, si hay suerte, en la mano izquierda, con el cuerpo entumecido por el gris y frío suelo y con un «gracias» preparado en los labios para todo aquel humano dispuesto a tenderle la mano».

Tanto la imagen como la descripción (omnisciente) son autoría propia, parte de un trabajo académico que quería compartir con todxs vosotrxs.